Rara vez son más que un intento por castigar a nuestro cónyuge por haber hecho algo que nos desagrada. En un momento de ira tratamos de "enseñarle" a la otra persona una lección diciéndole algo que la hiere. Cada uno de nosotros tiene un arsenal de armas privadas que usamos cuando las necesitamos. Estas armas pueden tomar forma de gritos, humillaciones, críticas o apodos sarcásticos. Algunas parejas llegan a decirse malas palabras, a darse golpes, tirarse cosas, darse de puntapiés o halarse el cabello. Cualquiera que sea la forma que tomen, estas acciones producen enormes deducciones de nuestra Cuenta Bancaria Emocional (CBE). Cada uno de nosotros tiene la capacidad de herir al cónyuge más profundamente que ninguna otra persona. Nuestro cónyuge es extremadamente vulnerable a nuestra ira.

Es posible que pensemos que lo que hizo nuestra pareja, justifica nuestra ira. A pesar de que hay ocasiones cuando la ira sí se justifica, en la mayoría de los casos es deplorable y usualmente causa más problemas de los que soluciona. Aunque la ira resuelva el problema inmediato, en toda probabilidad crea más problemas de los que resuelve. Entre más enojados estemos, más insultos proferiremos durante el arranque de ira y más devastadores serán los resultados para la relación. Los arranques de ira no sólo hieren al cónyuge al cual se dirigen, sino que igualmente ponen en ridículo al cónyuge que está enojado.

Por lo general los hombres pueden tolerar los arranques de ira mejor que las mujeres, quienes somos más sensibles y emocionales. No sólo es posible herir más fácilmente a la mujer mediante palabras airadas, sino que a nosotras nos toma más tiempo recuperarnos. Recuerda, cada vez que la ira triunfa en la pareja, lo hace a expensas del amor conyugal.

Si los arranques de ira forman parte de tu relación, no importa cuán insignificantes parezcan, tienen que ser eliminados si anhelamos tener una relación saludable.